Un kilogramo de aguacate que deberían vender en 32 pesos al mayoreo, lo terminan“menudeando” a orilla de carretera

San Miguel Tlanichico, Oax. (México). – A los productores de Lumi on (nombre en maya que significa tierra de aguacates) les llevó tres años aprender a lograr la consistencia, sabor y color adecuado de un aguacate Hass para comercializarlo a un precio justo y buscar su  certificación como producto orgánico.

La contingencia por COVID-19 se convierte en una amenaza a sus ventas, al no ser un producto de primera necesidad, con el limitado poder adquisitivo de los consumidores y un mercado local donde abundan los coyotes o revendedores.

Un kilogramo de aguacate que deberían vender en 32 pesos al mayoreo, lo terminan “menudeando” a orilla de carretera en la Villa de Zaachila, pues “lo peor sería que se eche a perder”, admite Carlos Rodríguez, responsable de la comercialización de un grupo de ocho productores.

La pandemia eleva costos

Cuando habla a Carlos se le nota el orgullo de haber sido el segundo de seguirle los pasos al ingeniero de origen michoacano, Alberto de los Santos Méndez, que en el 2013 llegó a radicar a ese municipio por su trabajo de extensionismo en San Pedro El Alto y a la par comenzó a sembrar un producto que por su rendimiento le ha valido la equivalencia del “oro verde”.

Pero la inversión se ve amenazada. La contingencia hizo que los paquetes tecnológicos orgánicos duplican su costo. De siete mil o 10 mil pesos de inversión mensuales para una hectárea con 460 plantas, ahora son de 15 mil a 22 mil pesos.

“A todos nos pegó la contingencia y las algas marinas y aminoácidos no se han dejado de aplicar, pero si se han distanciado las aplicaciones que a lo mejor el próximo año van a disminuir la producción”, estima.

Antes de sembrar aguacate en dos hectáreas y media, Noé Cruz Martínez se dedicaba a la venta de ganado, siembra de tomate rojo o verde y maíz, pero en este segundo año que lleva ensayando ve la mejoría.

“Cada año toda la producción es mucho mejor y se ve mucho avance. Lo demás que se cultiva está muy devaluado y requiere mucho trabajo”, opina.

Contagiarse de la fiebre del aguacate

La inversión inicial, recuerda Carlos, fue bastante considerable y en tres años ha superado el millón y medio de pesos, sin apoyos gubernamentales, lo mismo que otros siete productores de este municipio, de los cuales cuatro migran por temporadas para trabajar en campos de Estados Unidos.

En conjunto tratan de innovar. Algunos ya optaron por paneles solares para hacer posible un riego por goteo en terrenos donde no llega el servicio de energía eléctrica o comenzar a producir sus propias plantas con genética de aguacate criollo.

Mercado incierto

El temor es grande: “No poder vender si a lo mejor llega el momento que los recursos del propio comprador se caen porque el aguacate se come como un poquito como un lujo, para comercializarlo, cuando tenemos algo de producto maduro, lo mejor es salir a la carretera con 250 kilos”, pero eso implica hacerlo a paso lento o bajarle al precio.

Ir a la Central de Abasto, el punto de comercialización más grande en la ciudad de Oaxaca y toda la entidad, es servirle la mesa a los coyotes que pagan “un precio infame”, pero “así aprendimos y cada año vamos mejorando las cosas porque al principio no sabíamos ni cómo madurar bien el aguacate”.

En esa ruta de aprendizaje han perfeccionado el corte, limpieza, refrigeración, maduración y comercialización y sueñan con lograr la certificación de producto orgánico, pero el impedimento es reunir al menos 1.8 millones de pesos para comprar una seleccionadora que separe el aguacate de acuerdo con su calidad y peso.

Ninguno de los productores se desanima. Saben lo que es trabajar la tierra y los vaivenes de todo negocio, pero Carlos tiene puesta su mirada en el aguacate como una inversión equivalente a ese oro que le permitirá tener una vejez tranquila, sin tantos contratiempos.

Con información de: NVI Noticias

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