La ignorancia es lo que destruye a la gente e impide la continuidad del mundo

Por J. Schrijver*

Juntos caminamos al parquímetro en la calle Versalles, en la colonia Juárez de la Ciudad de México. Zigzagueando intentamos evitar a la gente en la banqueta, que caminaba despreocupada. Inmediatamente, podíamos concluir que no tenían idea del peligro potencial que hoy se esconde en el contacto directo entre unos y otros.

“¿Tienes un pañuelo de papel para mi?”, le pregunté a mi novia (mexicana). Me pareció una buena idea no tocar los botones del parquímetro con mis dedos por el peligro de contagio. No lo tuvo. Mientras yo estudiaba el parquímetro, al otro lado de la calle dos hombres salieron de un pequeño coche japonés y caminaron a mi lado.

Sin preocupación, se colocaron detrás de mi a menos de 30 centímetros. Sentí su respiración en mi cuello, así que di un paso al lado y los miré. “¿Por favor, podrían mantener un metro y medio de distancia?”, les pregunté, amablemente. Ellos se miraron entre sí y dieron un paso atrás; mientras yo tecleaba el número de mi placa, ambos se burlaron de mi.

¿Qué dijeron exactamente? No lo recuerdo, pero sí que me volví hacia ellos, esta vez sin una sonrisa amable y les expliqué por qué sería lo mejor para su salud (y la mía) mantener una distancia segura.

La ignorancia es lo que destruye a la gente e impide la continuidad del mundo. Es verdad que el comportamiento del Presidente de este país puso a los habitantes en el camino equivocado respecto a la forma de actuar ante el coronavirus (dicho esto con mucha cautela).

“Sigan abrazándose, besándose unos a otros”, dijo Andrés Manuel López Obrador (AMLO) unos días antes de mi incidente en el parquímetro a los periodistas durante una de sus conferencias de prensa “mañaneras” en los primeros días de marzo. Un par de conferencias después, en respuesta a la pregunta de un reportero de cómo pensaba el gobierno federal proteger a México de la COVID-19, AMLO sacó de la sola pa unas estampas religiosas.

“Estos me protegen a mi y a ustedes”, dijo triunfante mientras mostraba las imágenes a la prensa y a los espectadores en sus casas. Qué irresponsable puede ser un líder.

Días después, el gobernador de Puebla–militante de Morena, el partido presidencial– intentó superar al presidente en estupidez. “El nuevo coronavirus no nos afecta a nosotros los pobres, solo a los ricos”, aseguró el funcionario. Específicamente, la palabra “nosotros” me llamó la atención en el vocabulario del político oportunista, pero esta es otra historia.

En primera instancia, todo el mundo es responsable de sus actos. Cada uno de nosotros debería estar al tanto de lo que ocurre en el mundo, comenzando por su país y en su entorno directo. Especialmente si sus líderes políticos (AMLO, Trump, Bolsonaro…) niegan, desmienten o ignoran el peligro potencial de una pandemia a pesar de ser conscientes de que millones de personas esperan su mensaje respecto a qué hacer para evitar contagiarse: mantener la distancia entre personas, lavarse las manos con frecuencia y estornudar o toser en el antebrazo.

Si no nos hacemos responsables de la seguridad de los otros, nos ponemos a todos en peligro. Miles de paseantes en las playas, los bosques y centros comerciales de Holanda; grupos de ciclistas en colinas de Bélgica, adoradores del sol en las playas de Acapulco. Comportamientos descuidados y egoístas mientras la amenaza de un nuevo virus letal ocupa desde hace varias semanas los titulares en periódicos y noticiarios.

Cuando mi novia y yo caminamos de regreso al coche para poner el ticket del parquímetro en el parabrisas, uno de los hombres me gritó: “si no te gusta, regrésate a tu pueblo”. Si este comentario insultante surgió de la ignorancia sobre el coronavirus o un eructo racista contra un sabelotodo (un extranjero rico, de los que ya inundan su ciudad), no puedo decirlo con seguridad. Pero, antes de darme cuenta, di la vuelta y le grité: “si en pocas semanas enfermas, realmente será tu culpa”. Esta vez no estaba sonriendo.

¿Por qué caes en esta trampa? Preguntó mi novia, viéndome con reproche. Le das exactamente lo que quiere si respondes a su provocación. Por supuesto, mi novia siempre tiene la razón.

*Periodista holandés

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